Precomprensión y prejuicio en Gadamer

En el siglo XIX, con Dilthey, se definía la “comprensión” como el método propio de las ciencias del espíritu en tanto son distintas de las ciencias de la naturaleza (en las que se recurre a un método explicativo que fija experimentalmente leyes causales cuantitativas). Gracias a este “método comprensivo” -que pivota sobre la “empatía”- las ciencias del espíritu podían, afirma Dilthey, alcanzar la verdad de un modo cierto y seguro. 

En el siglo XX, Gadamer, discípulo de Heidegger, se esforzó en ensanchar el concepto de “comprensión” y, por eso, entre otras cosas, deja de considerarlo como un método (es lo que plantea en su libro de 1960 Verdad y método). La existencia humana, definida según su radical ser-en-el-mundo, lleva a cabo, al ir viviendo, una serie de tareas, participa en actividades como la ciencia o el arte, y lo consigue comprendiendo todo aquello que le sale al paso y, a la vez, comprendiéndose a sí misma. Es decir, expresado en una fórmula única: “existir es comprender”. Por eso, Gadamer dice que la filosofía es, en primera instancia, una “ontología de la comprensión” en tanto se encarga de explicitar el ser de la comprensión -su “estructura”, sus “condiciones de posibilidad”- y la comprensión del ser

Hans Georg Gadamer

Cuando indaga en la comprensión en la que siempre está inmersa la existencia humana en su desempeño de quehaceres, Gadamer destaca que constantemente reposa sobre una “comprensión previa”, es decir: la comprensión se erige sobre una “pre-comprensión” (nunca parte de cero, por decirlo así). ¿En qué consiste la “comprensión previa”? En la comprensión de algo por alguien, actúa una y otra vez la “anticipación de una totalidad de sentido”; esa totalidad anticipada es recorrida, según se despliega el proceso del comprender, parte por parte, pieza por pieza, fragmento a fragmento. Por ello, nos dice Gadamer, la precomprensión dibuja o traza un peculiar “círculo” en el que desde el todo se captan y desgajan las partes y, a la vez, desde las partes o pedazos se apunta hacia el todo (en este vaivén reside el dinamismo de la comprensión). Cuando se va recorriendo ese círculo la articulación entre las partes y el todo se ajusta varias veces hasta el momento en el que la comprensión alcanza, provisionalmente, su punto final. Un ejemplo del discurrir circular de la comprensión puede ser la lectura de una novela -o el seguimiento de una serie de televisión-: en el punto de partida hay una vaga e imprecisa anticipación de su “sentido total”, después, con lectura de los capítulos -las partes o pedazos del todo anticipado- se van ajustando entre sí –“giros argumentales”, “desarrollo de los personajes”, etc.- hasta que en el capítulo final se cierra el círculo regresando al momento inicial del relato captando, así, el conjunto de la trama. 

Un aspecto central de la filosofía de Gadamer se concreta en la tesis de la radical historicidad de la comprensión. Que la comprensión sea intrínsecamente histórica significa, aclara Gadamer, que se sostiene sobre la tradición, sobre lo que ha sido transmitido y heredado. Cuando Gadamer profundiza en esta tesis pone de relieve la importancia del “prejuicio” y de la “autoridad” en el despliegue de la comprensión del mundo por parte de la existencia humana. Gadamer afirma que el prejuicio y la autoridad tienen un sentido positivo -y no solo negativo, como se piensa a menudo-, por ello entabla una discusión con la Ilustración del siglo XVIII; Gadamer considera que la modernidad ilustrada ha vivido hechizada por el sueño de la razón pura y ahistórica, embriagada por la quimera de empezar todo de nuevo. Bajo la ideología del Progreso, además, se ha creído que el pasado -la tradición, lo recibido- es un mero peso muerto, un lastre del que hay que deshacerse para que triunfe la razón en el mundo (según el “futurismo” de la modernidad ilustrada todo lo anterior, el conjunto de lo “antiguo”, es una rémora, algo que debe superarse, dejarse atrás como un fardo inerte). Gadamer considera que estas ideas ilustradas son exageradas, precipitadas, superficiales, unilaterales, por eso insiste en que hay un profundo sentido positivo en la tradición, el prejuicio y la autoridad, y es irresponsable y perjudicial perderlo de vista o ignorarlo. 

En base a este razonamiento, en definitiva, Gadamer entiende que los “prejuicios” son un factor posibilitador de la comprensión (la cual, como dijimos, nunca parte de cero, sino que se mueve en un círculo). ¿Qué es un “prejuicio”? Un tópico, un lugar común, una condensación del sentido común, y, así, un nudo o un vínculo en una comunidad de sentido. Esta tesis, importa resaltarlo, no implica que deban aceptarse dogmáticamente todos los prejuicios, indistintamente; pues, explica Gadamer, hay prejuicios que ayudan a comprender un tema concreto y otros que son un obstáculo en el logro de esta meta. Por ello, añade Gadamer, el proceso de la comprensión incluye una crítica de los prejuicios en la que se descartan los que impiden entender adecuadamente algo y se precisan y matizan los que lo permiten y favorecen. Por eso, concluye Gadamer, la crítica de los prejuicios propia de la comprensión de algo por alguien nunca debe conducir a apoyar la falsa creencia de que se puede comprender suprimiendo sin más miramientos todos los prejuicios: esta es una pretensión quimérica que al final resulta contraproducente pues, en el fondo, evita que los prejuicios de los que erróneamente pretenden comprender sin acudir a ninguno se pongan sobre la mesa y puedan ser evaluados y discutidos; esa creencia errónea, en definitiva, hace un flaco favor al diálogo racional en que consiste la genuina comprensión. 

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