Tenedor en mano

Aunque los romanos ya usaban pinchos de metal para sacar los caracoles de la concha, el tenedor no apareció con regularidad en las mesas europeas hasta el siglo XVII. Al parecer, este artilugio llegó procedente de Constantinopla a principios del siglo XI de la mano de Teodora, hija del emperador Constantino X Ducas, quien al trasladarse a Venecia para casarse con el dux intentó imponer en la corte el nuevo utensilio, que fue criticado por excesivamente lujoso y extravagante.
En el siglo XVII un viajero inglés llamado Thomas Coryat da cuenta en sus diarios del uso del tenedor entre los comensales italianos de la época, un hábito que se generalizará en el Viejo Continente a fines del siglo XVIII. Más tarde, en la América decimonónica, las cuberterías llegarían a incluir 30 tipos diferentes de tenedor: para gambas, sardinas, langosta, vieiras, ostras… «En la sociedad estadounidense cundió la fiebre del tenedor. Se convirtió en un indicador de estatus social», dice Sarah Coffin, conservadora del Museo Nacional de Diseño Cooper-Hewitt de Nueva York.


Si quien lea estas líneas se topa, por ventura, con semejante repertorio de tenedores sobre la mesa, que no tema. Hay una regla: empezar por el extremo izquierdo e ir avanzando hacia el plato.


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