El legado de Leonardo da Vinci

"Era despierto y agudo y, con un perfecto arte de la persuasión, mostraba la complejidad de su ingenio, pues con cálculos numéricos movía montañas, levantaba pesos y, entre otras cosas, demostraba que se podía alzar el templo de San Juan en Florencia y meter debajo escaleras, sin destruirlo…” Así describió Giorgio Vasari las capacidades de Leonardo da Vinci en su obra Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos (1550).

Gracias a un espíritu inquieto fuera de serie, unido a una enorme imaginación, capacidad de observación y paciencia, Leonardo se aproximó más que nadie al arquetipo renacentista del artista completo pero, además, puso sus habilidades al servicio de la ciencia. Diseñaba, no por el valor estético de sus dibujos, sino para enseñar cómo podían construirse ingenios útiles.

Sus bocetos de artilugios sobre las materias más dispares pueden apabullar por su cantidad. No se le resistieron las matemáticas, la óptica ni la mecánica; demostró su valía como cartógrafo, ingeniero y arquitecto, tanto en construcciones civiles como militares. Diseñó casi de todo: paracaídas, relojes, máquinas bélicas, barcos, coches y hasta una bicicleta prácticamente igual a las que ruedan por el mundo hoy en día. El conocimiento científico y la tecnología no eran para él un medio, sino un fin en sí mismo.

La ciudad natal de Leonardo, Vinci, puso en funcionamiento hace algún tiempo una biblioteca virtual con casi todas las obras del artista, unos 6.000 documentos. Se trata de la Biblioteca Leonardiana, creada en colaboración con la Università di Firenze, que ha ordenado los ingenios del genio renacentista con sistemas especiales de búsqueda y análisis.

El hombre que quería volar

Incansable estudioso de la naturaleza y sus leyes, Da Vinci quiso explorar y conquistar los medios vetados al ser humano: el mundo submarino y, sobre todo, el cielo. Tal vez creyera que desde las alturas podría conocer mejor la forma y esencia de un universo plagado de incógnitas y retos.

Cuando aún era un niño, un ave se acercó hasta la cuna del pequeño Leonardo y, tras rozarle el rostro con su cola, alzó el vuelo. Aquella experiencia seguramente lo marcó, ya que pronto adoptó la costumbre de comprar pájaros con el único fin de liberarlos y contemplar sus gráciles movimientos en el aire. Ansiaba ser libre, como ellos, convertirse en un hombre-pájaro. Conocía la leyenda de Ícaro, cuyas alas se habían derretido ante la proximidad del Sol, pero creía que él podría evitar el fracaso, pues pensaba estudiar a fondo el movimiento de las aves y las corrientes aéreas, e incluso inventar máquinas que midiesen la fuerza del viento y la humedad, para ir sobre seguro. Estaba convencido de que sería el primer hombre en volar.

Aviones y helicópteros

Pasó mucho tiempo proyectando todo tipo de alas móviles, pero todas ellas resultaron inútiles porque no pudo solucionar el inconveniente del enorme esfuerzo físico requerido para garantizar la batida de alas. A pesar de su empeño, no logró resolver el problema de la propulsión, así que la técnica y el sentido común acabaron imponiéndose: ya que no podía volar como un ave, lo haría como un hombre. Así nacieron sus prototipos de paracaídas que debía confeccionarse con lino almidonado, con una estructura piramidal de base cuadrada cuya altura y lados medían siete metros. Aseguró que con ellos sería posible “lanzarse de cualquier altura sin hacerse daño”, y el tiempo le iba a dar la razón. También ideó el antecedente más antiguo del actual helicóptero. Lo llamó caracol aéreo y su funcionamiento se basaba en un principio simple, el mismo que se aplica a las peonzas: un caracol sin final sobre un eje de rotación se eleva si se hace girar rápidamente. Su artilugio tenía un radio de cinco metros y su estructura era de cañas, revestida de lino, con un bordón metálico como refuerzo. La rotación debía producirse por la fuerza de tracción humana o bien al desenrollar rápidamente el cable que rodeaba la base.

Fuente de la foto: Fiddlers Green

A estos dos ingenios sumó otros, como el semiornitóptero, un planeador que recuerda los actuales parapentes, un ornitóptero que permitía el vuelo vertical y cabinas aerodinámicas desde las que el piloto conduciría las máquinas. Pero, a pesar de que la mayoría de estos ingenios estaban teóricamente preparados para cumplir sus expectativas, casi todos fracasaron, nuevamente a causa de la propulsión. Faltaba un motor poderoso y liviano que lograse elevarlos, dificultad que tardaría siglos en superarse.

Un pacifista que diseñaba armas

A pesar de ser un hombre pacífico y de haber definido la guerra como “el peor mal de la Tierra”, Da Vinci sentía atracción por lo militar como un campo más para desarrollar sus capacidades. De hecho, en la carta en la que ofrecía sus servicios a Ludovico Sforza, duque de Milán, en nueve de sus diez propuestas de colaboración destacaba sus cualidades como ingeniero militar, consciente de que aquello lo ayudaría a ganarse mejor el pan.

Por entonces, los Estados italianos guerreaban en forma permanente y los ingenieros y cartógrafos estaban muy bien cotizados. Leonardo trabajó para Ludovico –conocido como el Moro–, y también para César Borgia, capitán general de los Ejércitos Pontificios, que aspiraba a crear una Italia unida bajo la égida del Vaticano, gobernado por su propio padre, el papa Alejandro VI.

César también contaba con la ayuda de un hábil diplomático, Nicolás Maquiavelo. Pero, mientras el autor del tratado político El príncipe se ocupaba de cuestiones como el reclutamiento o la estrategia, Leonardo se centraba en el armamento, que sabía decisivo en el triunfo de cualquier batalla. Se propuso crear nuevas armas y también recuperar algunos eficaces inventos bélicos de la Antigüedad que habían caído en el olvido. Así, al idear su célebre carro de asalto, quiso provocar con el mismo efecto aterrador que las manadas de elefantes en los ejércitos reales de la época helenística. Para ello se le ocurrió incluir unos fuelles que, por la acción del viento, produjesen un estruendo parecido al de los bramidos de los paquidermos. También se inspiró en el fuego griego, el arma naval empleada por los bizantinos, para diseñar una bala hueca y rellena de metales y materiales explosivos que potenciasen su capacidad mortífera.

Algunos de sus ingenios bélicos más sencillos resultaron los más prácticos: las lanzas con un pequeño escudo en forma de embudo que permitía apartar el arma del jinete contrario; las suelas anticlavos que evitaban lastimarse los pies con las frecuentes trampas a base de púas; las cotas especiales para los infantes –que no podían cargar con armaduras pesadas– confeccionadas con escamas de hierro entre dos gruesos paños; el cañón ligero que disparaba granadas para producir niebla artificial y desconcertar al adversario; la catapulta capaz de lanzar dos piedras al mismo tiempo…

Otros eran, por el contrario, muy aparatosos, como la ballesta gigante –con un arco de veinticinco metros– para lanzar piedras de cincuenta kilos. Y unos cuantos denotaban una especial crueldad, como los carros provistos de guadañas giratorias con el fin de segar las tropas enemigas a su paso, o los cañones con proyectiles explosivos que se abrían para liberar otras bombas menores, un precedente de las actuales bombas de racimo. Pero este no fue ni mucho menos el único invento que anticipó la actual tecnología. También destacan la ballesta de tiro rápido –precursora de la ametralladora–, las ruedas para cargar ballestas similares a los cargadores de disco empleados durante las dos guerras mundiales, o el doble casco en las embarcaciones, que hoy emplean, por ejemplo, los petroleros.

Al margen de las armas, ideó sistemas para vadear ríos, construir canoas portátiles, edificar bastiones con rapidez o encontrar minas. Realizó muchos estudios de puentes, pues la movilidad y rapidez de desplazamiento de los ejércitos era esencial para decantar el triunfo en un enfrentamiento. Incluso encontró la solución para evitar que, al dispararse los cañones, su fuerza destruyese los muros de la propia fortaleza. Una idea genial en su simplicidad, pues se trataba, sencillamente, de inclinar el muro hacia delante.

En no pocas ocasiones sus proyectos resultaron demasiado ambiciosos o voluminosos, y la tecnología de la época no permitió hacerlos realidad. En este sentido, fue el propio gigantismo de Leonardo lo que arruinó muchas de sus creaciones, pues trabajaba pensando en técnicas e incluso en materiales que aún no existían.

"Cabeza de hombre con barba", probable autorretrato de Leonardo da Vinci.

Ideas imposibles

También eran irrealizables algunos de sus numerosos diseños acuáticos, entre ellos el canal que, tras desviar el río Arno, había de comunicar Florencia con el mar para evitar que dependiese de Pisa. Algunas personalidades, entre ellas Maquiavelo, creyeron en sus posibilidades e incluso se iniciaron los trabajos, pero estos fueron pronto abandonados por las carencias tecnológicas y la falta de mano de obra cualificada.

Algunos de sus diseños sorprenden hoy por su ingenuidad, como la embarcación con remos que, en lugar de navegar, debía volar; pero otros muchos lo hacen por su anticipación: naves movidas por grandes ruedas laterales, trajes de buzo, submarinos… Si Julio Verne fue un visionario, Leonardo lo había sido mucho antes.

Leonardo murió en 1519 en Francia, cuando estaba al servicio de Francisco I. Su legado es el fruto de su insaciable ansia de saber. La clave de su éxito fue, sin duda, la innovación. En algunos de sus escritos criticó el mundo académico, que según él se limitaba a alimentarse del saber de los otros e intentaba ahogar el avance del nuevo método científico: “Si me desprecian como inventor, mucho más despreciables son ellos, que no son inventores sino charlatanes y recitadores de obras ajenas”.

Como escribió Marcel Brion en su biografía sobre el genio renacentista, “el espíritu de Leonardo se construye a la manera de una espiral gigante, en perpetua rotación sobre sí misma y en cuyo interior se articulan unas con otras espirales menores, animadas también por giros individuales e impulsadas por un movimiento ascensional que abraza el espacio en torno, lo absorbe y lo rechaza como la hélice en el aire o en el agua. Así, los motores que él fabrica para ayudar al hombre a volar o a desplazarse sobre las aguas son la materialización exacta de su propia inteligencia".

INVENTOS POR TIERRA... MAR... Y AIRE

1 “LEONARDOMÓVIL”. EL PRIMER COCHE

Antecedente del automóvil, este vehículo autopropulsado de unos dos metros de longitud debía ser guiado por manos humanas. Tras ser construido a escala real, se comprobó que podía realizar giros y recorrer treinta metros.

2 BICICLETA. UN INVENTO POLÉMICO

Aunque los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre su autenticidad debido a la fealdad del boceto, muy alejado del resto de los diseños leonardinos, no deja de sorprender su enorme similitud con la bicicleta moderna. Si es realmente un dibujo de Da Vinci, la fecha de nacimiento de este popular medio de transporte habría de adelantarse más de tres siglos.

3 ESCAFANDRA. COMO PEZ EN EL AGUA

Existen bastantes estudios anteriores, pero Leonardo le dio su aspecto casi definitivo, muy parecido al de las que se emplean hoy en inmersiones a poca profundidad. Pensada para que el buzo pudiese hundir por sorpresa naves enemigas, se completaba con un traje de piel de animal impermeabilizada, dos tubos de caña de bambú –uno para inspirar y otro para espirar– con muelles en las juntas para evitar roturas y un saco de reserva de aire realizado con fibra animal. Leonardo inventó, además, unos grandes guantes palmados para acelerar el movimiento bajo el agua, pero no tuvo en cuenta un pequeño detalle: las piernas tienen más fuerza que los brazos, por eso hoy los submarinistas emplean aletas.

4 BARCO DE PALAS. MÁS VELOCIDAD CON MENOS ESFUERZO

Preocupado por hacer más rápida y sencilla la navegación, se le ocurrió equipar algunas barcas con grandes palas que, accionadas mediante manivelas –con los pies o las manos– y con la ayuda adicional de volantes, aumentarían la velocidad y reducirían el esfuerzo humano. Lo que no se le ocurrió fue que con ellas no eran ya necesarios los remos, algo que iban a demostrar los famosos barcos del Mississippi.

5 SEMIORNITÓPTERO. VUELO LIBRE

Es un lejano antepasado del aparato de amplias superficies aladas con el que el ingeniero alemán Otto Lilienthal practicó el vuelo libre en 1891. Debía construirse con materiales ligeros (cañas, tela, seda, cuero especial…) y se desplazaría gracias al movimiento de las alas combinado con el del cuerpo del piloto.

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