La guerra de las investiduras: el emperador contra el papa

Obispos, abades, capellanes, vicarios... todos juraban vasallaje a señores y príncipes a causa de las concesiones territoriales a la iglesia, mediante la ceremonia de la investidura. En el último cuarto del siglo XI, con el papa Gregorio VII, estalló el conflicto entre el poder monárquico y el eclesiástico.

El emperador Enrique IV resistió los decretos gregorianos de 1074 sobre las investiduras que querían poner fin al cesaropapismo romano-germánico, y sublevó a su clero, numeroso e integrado en la administración. Los emperadores que habían convertido en clérigos a sus parientes, clientes y jefes militares, estructuraron un contrapoder que Enrique IV usó sin vacilaciones. En 1075 el código Dictatus papae de Gregorio VII hizo estallar la rebelión de Enrique IV, lo que provocó su excomunión, el fingido arrepentimiento en Canossa, su posterior destitución y una guerra civil en Roma.

El nombramiento de Clemente III en 1084, que coronó a Enrique IV de nuevo, hizo a Gregorio pedir la intervención del normando de Sicilia, Roberto Guiscardo, que ocupó y saqueó Roma. La guerra de las investiduras duró hasta el pontificado del francés Calixto II que, con el concordato de Worms (1122), restableció la doctrina de Gregorio VII: la autoridad e investiduras eclesiásticas correspondían a la iglesia, y la autoridad e investiduras feudales a los monarcas.

Iluminación del siglo XIV de la Nueva Crónica, de Giovanni Villani, dedicada al encuentro de Canossa (Biblioteca Vaticana de Roma)

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