La patria de Aramburu

Josetxu era un joven que trabajaba en los remolcadores del puerto de Santurtzi, simpatizaba con el Partido Comunista de Euskadi y acudía a manifestaciones en defensa de la libertad y de la amnistía para los presos políticos del franquismo. La tarde-noche del 9 de julio de 1976 se unió a una manifestación reivindicativa en la que fue asesinada Begoña "Normi" Menchaca en la famosísima calle "El dólar", la zona de más ambiente del pueblo. Gritos, pancartas, miradas desafiantes, y, de repente, disparos y una multitud corriendo en todas direcciones para huir de lo que podía ser una masacre. Cuando la Guardia Civil se presentó en su casa buscando cualquier cosa que lo pudiera vincular con ETA, sus padres, avisados rápidamente de que su hijo había recibido un tiro en un pie y de que debían librarse de cualquier libro de tinte político que hubiera en casa, ya habían hecho su trabajo. Su familia respiró aliviada y se dirigieron a conocer en qué estado estaba. Inicialmente no parecía nada grave para su recuperación, pero no fue así, Josetxu se recuperó del tiro pero no volvió a ser el mismo. A partir de entonces comenzó a ver a ETA de otra manera y, de haber vivido, no se habría apenado por el asesinato de Vicente Rubio Ereño, conocido ultraderechista que era el jefe de la policía local cuando asesinaron a "Normi" Menchaca y a él le hirieron en el pie. Lástima que un accidente estúpido acabara con su vida al ahogarse trabajando en el puerto: me quedé sin cuñado antes de llegar a conocerle en persona.

Y es que los años de la llamada "Transición" en Euskadi fueron años durísimos, de manifestaciones, de huelgas, de sangre y plomo, de muertos, de torturas, de controles y represión policiales, de violencia, en fin. Por eso ETA, paradójicamente, recrudeció su actividad criminal a partir de los años 80, cuando se suponía que se tenía que haber calmado tras la llegada de la democracia. O lo que fuera aquello que teníamos a partir del 6 de diciembre 1978. Este informe del Gobierno Vasco, cuya lectura es imprescindible, refleja la gran cantidad de actos de violación de derechos humanos que hubo en la CAPV entre 1960 y 1978. Y no están todos los casos, ya que hasta bien entrados los 80 siguieron produciéndose este tipo de delitos de forma impune, yo dispongo de más libros y documentos con más víctimas, con nombres y apellidos. Y ésta es la Euskadi que Aramburu ha hecho desaparecer como por arte de magia en su libro. Aramburu esboza en su libro una "patria vasca" ausente de conflictos, una "patria democrática" en la que unos asesinos fanáticos matan a un empresario bueno, de los que crean riqueza y empleo y, además, son buenos vascos. Un escenario idílico inexistente: la sociedad vasca se fracturó, a un lado los violentos, y al otro lado, enfrente, los defensores de los derechos humanos. Podemos dar fe de ello quienes nos enfrentamos abiertamente, una y otra vez, a la violencia de ETA y a la represión policial. Sin embargo, el único personaje del libro que toca de puntillas esta parte de la historia es Serapio, un cura cabrón como pocos que le permite a Aramburu despachar este problema en la trama de su novela con una desfachatez que asusta.

"Patria", de Fernando Aramburu

Aramburu pone en el centro de la diana de su libro al nacionalismo vasco y, aunque no soy quién para defender a esta ideología porque no la comparto, (opino, al igual que Benedict Anderson1 que "las naciones son comunidades imaginadas, francamente prescindibles, que responden al mezquino propósito de inventar y subrayar diferencias con la vista puesta en asentar unos intereses"), me resulta inadmisible que no asomen en el libro ni el nacionalismo moderado2, que apostó claramente por la vía institucional desde el principio, ni la izquierda socialista o comunista vascas que fueron las primeras que dieron la cara contra ETA padeciendo, al mismo tiempo, sus mortales consecuencias junto con la persecución y la represión policiales. Aramburu oculta que el nacionalismo vasco también fue víctima de la violencia de ETA, y esto me parece increíble e intolerable. El pueblo vasco no asistió complaciente a este escenario de muerte y sufrimiento: una y otra vez las urnas ponían en su sitio a los partidarios del asesinato y el chantaje, una y otra vez salíamos a la calle con lazos azules, una y otra vez había concentraciones de Gesto por la Paz o similares.

No escribo esta entrada para justificar una violencia a la que me enfrenté de cara, mi cometido como historiador es buscar una explicación lo más objetiva posible, y por eso digo alto y claro que hubo hijos de puta como Joxe Mari, cómo negarlo, que hubo mujeres como Bittori y Miren, cómo negarlo, que hubo familias destrozadas por albergar en su seno asesinos silenciosos, cómo negarlo, pero también hubo Josetxus, muchos, y de esos no se habla en "Patria". Fernando Aramburu ha creado una novela a medida, pero a la medida de aquellos que únicamente ven víctimas de un único lado, a la medida de organizaciones como COVITE, haciendo gala de un maniqueísmo que convence a quienes no han vivido aquí y no han sufrido los años de plomo, y lo ha hecho con un estilo literario, para mí, insufrible. La prosa de Aramburu es una mala copia de la de Ramiro Pinilla, salta a la vista, y yo tengo que reconocer públicamente que me ha costado una barbaridad terminar el libro. 125 capítulos cortísimos repartidos en casi 650 páginas repletas de diálogos reiterativos, con un abuso del "punto y seguido" entre frases de una o dos palabras, rozando el paroxismo. Y esto está siendo alabado por muchos, de traca.

Me pregunto por qué Aramburu no ha puesto de protagonista de su novela a José Luis. En diciembre del 95 José Luis patrullaba con su compañero Iñaki en Itsasondo, eran una simple pareja de cipayos que fueron asesinados por la espalda por un miembro de Jarrai. En la corta vida de Jose (así le llamábamos sus amigos) no hubo final feliz, ni perdón. Su hermano perdió la cordura, su padre murió de cáncer y, ante este panorama, su madre se suicidó tirándose a la calle por una ventana. Quizá esta "otra patria" incomoda a Aramburu a la hora de construir su relato, quizá nadie quiera ver que una policía calificada de nacionalista dio su vida por defender la libertad, y quizá por eso, un libro tan vulgar como este tiene tanto éxito entre los sectores más reaccionarios del país.

Tras la lectura del libro me viene a la memoria el pensamiento de Carlos Taibo3: "Los nacionalistas son siempre los otros, y su condición aparece contrapuesta a la de quienes dicen o creen defender valores saludables, a menudo autorretratados como demócratas o constitucionalistas". Por qué será.

Memorial dedicado a los ertzainas asesinados por ETA
(Academia Vasca de Policía y Emergencias Arkaute).

1. Imagined communities. Benedict Anderson. Verso. Londres, 1992.
2. La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA. Gaizka Fernández Soldevilla. Tecnos. Madrid, 2016.
3. Sobre el nacionalismo español. Esencias, memorias e instituciones. Carlos Taibo (Dir.). Los libros de la catarata. Madrid, 2007.

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